JANITZIO

JANITZIO EL BULLICIO DE LOS VIVOS Y EL RESPETUOSO SILENCIO

Por Alex Gómez

Oct 31, 2022

Era de madrugada, las 12 con 30 de aquel 2 de noviembre, en medio de una fila que parecía interminable mis acompañantes y yo intentábamos darnos ánimos pensando que la espera no sería muy fastidiosa. Llevábamos ya casi 2 horas aguardando y para pasar el rato empezamos a ver el cielo para identificar constelaciones. Ni una nube, ni un poco de contaminación, contrario al cielo de Pátzcuaro donde en medio de la celebración, el océano de gente y del olor a pólvora quemada, una extensa banda de humo quedó como resquicio de los maravillosos y gigantescos fuegos artificiales que iluminaron el pueblo.

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Acá todo es misterio, cierto, los turistas que se reúnen por centenares ríen y beben, pero nada le resta esa aura fúnebre al lago de Pátzcuaro, el frío, oscuridad abismal, la bruma por encima del agua. Y por fin llegó la embarcación que nos llevaría a Janitzio. Estábamos cansados, pero nadie dudó ni un instante en permanecer ahí. Solo puedes vivir esa experiencia una vez al año, así que rendirse no era opción.

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Sería injusto de mi parte intentar narrar la experiencia de visitar en pleno 2 de noviembre Pátzcuaro y Janitzio queriendo reflejar su belleza con unas simples fotos. Debes ir para comprenderlo y sobre todo para sentirlo. Al llegar a la isla percibes un ambiente diverso, todo se mueve, todo tiene vida; incluso el panteón. Todas las calles suben y todas llevan a un sitio: el mirador, desde el cual José María Morelos, el siervo de la Nación, mantiene en lo alto su puño en señal de victoria.

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No hay un orden exacto de las cosas, es el reino de la magia. De pronto puedes caminar y sin darte cuenta estar en el techo de una casa. Miras el lago repleto de luces, te olvidas por completo del cielo, y finalmente al entrar al cementerio, el shock, ese que seguro embarga a los extranjeros, también te sorprende a ti por muy mexicano que seas. La verbena, descarado reflejo de que amamos a la muerte a veces más que existir, el bullicio de los vivos y el respetuoso silencio amalgamados hermosamente. Todo es nostalgia, velas y color naranja. Por miles las flores de cempasúchil crean caminos y embellecen las tumbas, las señoras se sientan junto a la fría loza y la oxidada cruz que indica donde se halla su difuntito y esperan, toda la noche, si es necesario, a que aquel les visite.

El contraste lo da el turista, pues vamos a conocer esa tradición y en el proceso la modificamos, sé que los habitantes de Janitzio deben sentirse orgullosos de que su cultura se nombre en todo el mundo, pero mientras ellos velan en silencio, las multitudes invaden su camposanto con risas y asombro. No pude evitar sentirme como un invasor irreverente.

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Cerca de las 6 de la mañana regresamos en otra lancha desde aquel lugar de ensueño, con el cuerpo cansado, pero el alma satisfecha, pues por primera vez estuvimos, sin lugar a dudas, en el momento y lugar exactos donde la muerte viene a convivir con la vida. Y de alguna manera comprendes que Janitzio es el sitio ideal para entender el significado de muchas cosas. Pátzcuaro y su isla son la ruta imperdible si acaso vas a Michoacán. El complemento perfecto de una escapada de fin de semana que bien puedes iniciar en la bellísima Morelia bebiendo mezcal con gajos de naranja y culminar cerca del lago comiendo Corundas.

Pasa el tiempo y cada que recuerdo este viaje deseo regresar, misma fecha, misma hora y mismo lugar, a conectar con algo más profundo que el simple hecho de ser viajero, a gritar en silencio que extraño a mis difuntos y con gusto les dedico cada instante de mi vida. Han de saber que conocí a la muerte cuando era pequeño, dama elegante vestida de negro. Es verdad, me besó la frente en aquel viaje en Acapulco, perdonó la vida de papá y al despedirse se hizo de humo. Me lo dejó 30 años más para que me viera adulto. “Eres el ahijado de la muerte” me decía mi padre. Si creen que fue un sueño, debió ser uno compartido, porque ambos lo recordábamos tan claramente como cualquier recuerdo de domingo, y ya sea que fuese cierto o no, a “mi madrina” le estoy agradecido, por dejarlo vivir tantos años a mi lado y por lo que me ha tocado vivir.

Y ya pa´despedirme me gustaría obsequiarles una calavera que acabo de improvisar, hasta el siguiente trayecto y buen viaje:

Y pensar que la muerte aguarda

a locales y turistas

de aquel que visita Janitzio

y disfruta hermosas vistas

Yo dialogué con la parca

porque ella es mi madrina

a la isla llegué en barca

a admirar a la catrina

Mira- me dijo alegrada

-como todos me veneran

con comida y cempasúchil

a mi llegada esperan-

Los vivos como los amores

mueren hoy otros mañana

unos son suaves licores

otros mezcal y jarana

Yo eso ya lo aprendí

por eso visité el panteón

a mis muertos ya despedí

a mis vivos doy corazón

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